Descubriendo a las gallinas: Gallina polaca

Desde Pazo de Vilane te presentamos a la gallina polaca, una gallina con una apariencia muy simpática y que es una extraordinaria compañera

Gallina polaca

 

Lo primero que llama la atención de la simpática gallina polaca es el extraordinario plumaje en forma de florido casco que prácticamente cubre su cabeza. No es extraño, por tanto, que esté catalogada como raza de adorno y muchas familias la adopten como mascota para embellecer sus jardines o casas de campo. 

Si bien no es mala ponedora (puede llegar a poner hasta 150 huevos al año), la gallina polaca es en la actualidad una gallina “de compañía”, dado que su crianza entraña más tiempo y esfuerzo que otras más resistentes, por lo que no se destina a explotaciones avícolas.  

Pero conozcamos en detalle la procedencia de esta curiosa gallina y sus principales características.  

El origen de la gallina polaca

Es curioso, pero no está nada claro que las gallinas polacas procedan de Polonia. 

Existe una bonita leyenda que asegura que en 1736 el rey de Polonia, derrocado y expulsado de su país, se refugió en la corte francesa con sus preciados polluelos de cabeza peluda. El llamativo plumaje de sus gallinas llamó poderosamente la atención de los nobles franceses, que inmediatamente los acogieron en sus mansiones y granjas. Pero esto no deja de ser una romántica tradición sin documentación histórica que la refrende.  

En realidad, lo que está más probado es que en pinturas holandesas e italianas del XVI, XVII y XVIII aparecen retratadas numerosas gallinas polacas en todo tipo de escenas, por lo que cabe deducir que eran parte del paisaje habitual (y no una excentricidad o un animal de colección). Es más, se cree que posiblemente habían sido previamente importadas desde España. 

¿Sorprendente? No tanto, si tenemos en cuenta que entonces el Imperio Español era la primera potencia mundial y que amplios territorios de Holanda e Italia estaban integrados en él. 

Pero, y si no es seguro que la gallina polaca proceda de este país… ¿Cómo llegó a adoptar tal nombre?

Hay quien apunta que pudo ser una derivación de la palabra holandesa “pol” (cabeza) y otros a que haría referencia a los gorros de pelo que llevaba la caballería polaca en sus maniobras militares invernales; no obstante, no existe una prueba documentada de esto último. 

Por tanto, nos conformaremos con seguir indagando en su historia y evolución. 

En el siglo XVI la gallina polaca fue estandarizada y declarada pura sangre en los Países Bajos y siglos más tarde, a comienzos del XIX, exportada a EEUU, donde se hizo una especie muy habitual en granjas y ranchos de todo el país. 

Y es que aunque ahora nos parece una ponedora más bien mediocre, de unos 150 huevos al año frente a los 300 que pueden alcanzar otras razas, para los estándares de la época era más que aceptable. Tan popular se hizo, que en pocos años la American Poultry Association la incluyó en su catálogo bajo seis variedades distintas (tres hasta 1874 y otras tres en 1883, 1938 y 1963).

Principales características de la gallina polaca

Gallina polaca, con su característico casquete de plumas

Además de su inconfundible casquete de plumas, las gallinas polacas tienen algunos rasgos distintivos. Son de tamaño medio, de entre 1,5 y 2 kg las hembras y unos 2,5 kg los gallos, y si bien es difícil apreciarlas a simple vista, cuentan con orejas pequeñas de color blanco y un pico más bien corto. 

Presentan una variedad grande de colores, tonalidades y patrones o dibujos que se cree han ido apareciendo con la evolución de la raza, pues los primeros ejemplares eran blancos. Las actuales variedades son blanco crestado, crestado azul, plateado cordón, cordón dorado, cordón buff, cordón rojo, blanco-negro y negro crestado. 

La gallina polaca es muy inquieta y activa, pero no es agresiva. En realidad, su nerviosismo es producto de un constante estado de alerta o miedo motivado por su escasa visión: el abundante plumaje de su casco le impide ver bien, por lo que debe guiarse por otros sentidos, el oído, sobre todo. Por ello cualquier ruido la hace estar “en guardia”, prevenida frente a cualquier posible ataque de depredadores, particularmente las aves rapaces. 

No obstante, son fáciles de domesticar y se adaptan bien a la vida con niños, porque aprenden rápido y no son tozudas. 

Los pollitos nacen con esa frondosa cresta, no obstante van mudando de plumas a medida que crecen. Las madres polacas no empollan, por lo que hay que tener cuidado de que no se alteren las condiciones de luz y temperatura de los nidos cuando los huevos son fértiles.  

Una gallina delicada

Al contrario de lo que ocurre con muchas otras razas, más rústicas y resistentes, la gallina polaca es muy delicada. El llamativo plumón de su cabeza, una vez se moja o recoge la humedad ambiente, es un excelente hábitat para bacterias y hongos, lo que les provoca conjuntivitis o incluso enfermedades auditivas, como otitis. Por eso muchos cuidadores optan por hacerles graciosos moños o coletas desde que son pollitas, para apartarles las plumas de la cara y minimizar estos peligros. 

Otro riesgo lo constituye la especial distribución de sus plumas, que les impide asearse y acicalarse por ellas mismas; por eso son propensas a los ácaros, en particular si el ambiente es húmedo. Así pues, el granjero debe extremar sus cuidados de higiene. 

Como puedes comprobar, las condiciones de humedad son muy importantes para la crianza de la gallina polaca, al igual que el frío. Un ave de este tipo no soporta estar mojada ni a baja temperatura; en cuanto esto ocurre, empiezan a aquejarla las enfermedades. Por tanto, los lugares ideales para criarla son de clima seco y caluroso todo el año.  

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